Ya no necesito nada, puedes
quedarte con todo. ¿Qué soy yo sin ti? Nada. Nada comparable a lo que era
antes. Antes sonreía y mis sonrisas se volcaban en realidades bonitas que
sucedían en presente. Ahora a veces mis sonrisas se vuelcan en bonitas
realidades pasadas. Realidades que se basan en ti.
No puedo evitarlo, no puedo
evitar seguir preguntándome qué hicimos mal. No puedo evitar seguir escribiendo
para ti, puesto que tú supones toda mi inspiración. Todo esto no te lo mereces,
lo sé. Pero mi inocente corazón parece no haberse dado por enterado. Quizá
mienta, puede que la que no se merezca nada sea yo.
Las últimas miradas que te
dirigí, creo que no las supiste interpretar. O puede que no quisieras. Sabías
que estaba perdidamente enamorada. Te aprovechaste de ello para hacerme daño.
Quizá me hiciste más del que pretendías, pero es así. La última vez que
nuestras miradas se cruzaron, intercambiamos nuestros últimos pensamientos. Sé
que no fue más que un juego de niños… Pero es verdad, somos niños. ¿Pero por ello
no tenemos derecho a enamorarnos? El amor no tiene edades, tampoco reglas.
A
veces una flecha lanzada al corazón no hace daño. Pero a veces puede llegar a
hacer más daño que un disparo en la cabeza si la ha lanzado la persona
equivocada. Y hace más daño aún cuando la persona equivocada se disfraza de la
persona correcta, y es ella la que arranca la flecha sin cuidado. Y queda una
cicatriz invisible. Lo peor es que no es fácil de curar, prácticamente
incurable. No hay medicinas, no hay calmantes ni anestesias. Pero una cosa
tiene que quedar clara: que sea casi incurable no quiere decir nada, puesto que
como el amor no tiene reglas, puede venir alguien, la persona correcta, y
delicadamente, con un beso curar la herida.




